La Empresa es un ámbito de creación de valor y de trasmisión de valores. El empresario, el responsable de trasmitir los valores correctos: la libertad con responsabilidad, la diferenciación por talentos y virtudes y que el te tenga más es porque hace más.
Cual ovejas en un corral, los uruguayos estamos atrapados y a merced de nuestros gobernantes. No somos libres. No nos dejan ser libres. Libres de tomar nuestras propias decisiones. Libres de elegir y concomitantemente libres de acertar y libres de equivocarnos.
Este es el simple esquema que rige la vida de los liberales. Asumen el control de sus vidas, se informan, eligen y se hacen cargo de las consecuencias de sus elecciones. No se quejan si eligieron mal. Aprenden, corrigen el rumbo y vuelven al ruedo.
No es la forma en que actúa un progresista-socialista-colectivista. Ellos creen que "el Estado" debe tomar las decisiones por los individuos. Que nos debe "proteger" y "guiar". Esta concepción es inmoral: implica el mayor desprecio hacia el individuo como tal en el uso de su razón y su voluntad.
Sin embargo a la gente le gusta que otros tomen las decisones por ellos. Prefieren viajar en el asiento del acompañante a tomar el volante. Es más cómodo. Y si hay un accidente ... el otro tuvo la culpa. El 80% de los uruguayos y las uruguayas prefieren recibir órdenes en vez de recibir más facultades para actuar. El 75% cree que nuestros problemas con por "culpa ajena" y no propia. Y el 63% de los menores de 25 años prefiere ser empleado público frente a sólo un 7% que aspira a ser emprendedor.
El corralito mutual impide que sean los individuos, los clientes o los contribuyentes los que decidan la suerte de las mutualistas mal administradas. No hay sistema justo de premios y castigos. Da lo mismo administrar bien como La Española, que mal como el CASMU.
Lo mismo sucede con el sistema bancario. Era lo mismo depositar el dinero en el Caja Obrera que en el Santander. O mejor dicho, no era lo mismo: el Caja Obrera pagaba más intereses. El problema es que el primero se fundió (luego de 14 años de subsidio e intervención del Estado) y el Santander es hoy el Banco más importante del Uruguay.
Dejemos que la gente elija y se equivoque. Démosle la INFORMACION necesaria para tomar una buena decisión. Y luego que cada uno asuma las consecuencias. Esa es la esencia de la libertad. Y en este país hay muchos que atentan contra ella a diario.
Senador, Ex Presidente de la República Oriental del Uruguay
Una vez más, la guerra en la frontera de Israel... Ahora no es en el Norte, como en 2006, cuando Hezbolá, un poder militarizado adentro de un débil Estado libanés, se aburrió de tirar misiles hacia el otro lado y llegó al secuestro y la muerte, obligando, finalmente, a la reacción militar del agredido. Hoy estamos en la frontera Sur, la de Gaza, liberada por Israel en el 2005, cuando se pensó que la paz podía alcanzarse comprándola con tierra y, al igual que en Sur del Líbano, retiró su ejército. En esta ocasión no se trata de Hezbolá sino de Hamas, distintos pero idénticos en el proclamado objetivo de la desaparición de Israel.
En su tiempo, Israel informó, reclamó, denunció. Nadie se molestó. Por supuesto, en el Sur del país se vivía bajo el terror permanente y a cada rato había que esconderse en refugios salvadores. Una vez y otra se advirtió, pero los muertos no eran muchos y eran israelíes, o sea los más poderosos, los aliados de los EE.UU. Y, naturalmente, nadie contestó. Hasta que un día hubo que detener la agresión, o por lo menos intentarlo, y los mismos que callaban saltaron como resortes a clamar por la paz, a organizar manifestaciones en todas las capitales por los pobres palestinos sitiados en Gaza, que es -se dice- un "campo de concentración israelí". Lo que no se dice es que si esas fueran las motivaciones israelíes, más sencillo hubiera sido seguir ocupando militarmente Gaza. Lo que no se dice es que la mayoría de esos palestinos viven del trabajo que encuentran en Israel, porque en su territorio, sus enriquecidos correligionarios nunca se propusieron instalar hoteles para turismo o establecimientos que dieran trabajo, expectativas de mejora, creando así -a la vez- el clima de la paz. Merleau Ponty escribió hace años que la capacidad de violencia revolucionaria está en función inversa de lo que se tenga para perder; quien tiene algo, trata de no arriesgarlo, mientras que a quien nada posee todo le da lo mismo. Lo que no se dice es que la mayoría de esos palestinos quiso encontrar un camino pacífico votando una tendencia moderada para su gobierno, pero el Presidente Mahmud Abbas fue acosado y prácticamente depuesto por la mayoría circunstancial del movimiento Hamas, quien parte de la base de exigir la desaparición de Israel.
Se habla de excesos. De respuestas desproporcionadas. La verdad es que la guerra siempre es un exceso, siempre es una barbaridad, en el estricto sentido de la palabra. ¿Qué es, entonces, una respuesta proporcionada? ¿Tirar 3 mil misiles hacia el otro lado con una eficacia mayor y allí sí matar indiscriminadamente? ¿Cuántos muertos hay que esperar para justificar una reacción?
Todo esto quienes primero lo saben son los Estados árabes responsables. Lo tiene claro Egipto, que cierra a cal y canto su frontera con Gaza. Lo tienen bien asumido Jordanía y Arabia Saudita, acusados de complicidad o cobardía por los movimientos radicales, que también operan en contra de su institucionalidad, pretendiendo desplazarlos hacia el sendero ciego del fanatismo y la violencia.
En el fondo, digámoslo con todas las letras, lo sabemos todos. Pero hay quienes creen que sólo se puede posar de "izquierda" si se está contra Israel, porque es el aliado de los EE.UU. en el difícil equilibrio de esa región; que sólo se puede invocar humanismo clamando por una paz que justamente han quebrado quienes aparecen como víctimas circunstanciales de una tormenta que ellos mismos desataron para justificar su propio radicalismo.
Todos los esfuerzos por la paz, naturalmente, son bienvenidos. Pero ninguno tiene el menor sentido si no es sobre la base de que Hamas deponga su objetivo de la desaparición de Israel. Quien de buena fe actúe, primero que intente arrancarle algún compromiso a quienes cierran toda hipótesis de diálogo. ¿Qué diálogo puede haber si una de las partes proclama la desaparición de la otra?
En el fondo, la generalidad reconoce, aunque no lo diga, que esta es la misma guerra de hace 60 años, cuando en 1948 las Naciones Unidas crearon dos Estados, uno judío y otro árabe, que entonces no fue aceptado por quienes decían defender la causa palestina. Si en aquel momento, se hubiera creado este Estado, ¡cuánta sangre se habría ahorrado! La circunstancia de fondo permanece: quienes sustentan la desaparición de Israel, al punto de que cuando algún movimiento cambia su parecer para una línea constructiva, de inmediato es jaqueado por otro radical que le aparece a su costado. Así viene ocurriendo desde la OLP y Arafat, que nació como terrorista y murió como dialoguista. Mientras no se cambien los textos en las escuelas y las prédicas en los templos, sembrando el odio contra el pueblo judío, siempre aparecerá alguien más fanático para continuar este largo conflicto, que ha provocado ocho guerras convencionales y por lo menos dos Intifadas.
Por cierto, los muertos duelen, sean de quien sean. Por supuesto, el ejército israelí, como todos los ejércitos en combate, seguramente comete excesos. Pero no un genocidio, como se afirma con trivialidad, porque si esta fuera la idea es obvio que no habría quinientos muertos ni se harían las sacrificadas operaciones de infantería que se realizan. Bastarían las bombas y los misiles. Los muertos duelen, sí. Pero también la hipocresía de lo "políticamente correcto", la dualidad de quienes no quieren ir al fondo mismo de la cuestión que es el fanatismo, la xenofobia, el antisemitismo, el totalitarismo, el sometimiento de la mujer, el odio proclamado y difundido desde la tierna infancia de quienes -se proclama- nacen para servir a la gloria de Alá en el más allá.
Israel conyeva una culpa irremediable y la cargará por el resto de sus días. Una culpa que hace insoportable su convivencia en esa región y con esos vecinos. Que lo hace diferente a los demás y por eso le odian. Y se merece ese odio. Se lo merece por hacer sufrir a los árabes, más por el contraste que por sus propios males. Israel es culpable de ser el único país verdaderamente democrático en la región, de respetar la libertad y los derechos individuales y desarrollar a sus ciudadanos en la cultura del trabajo, la innovación y la iniciativa privada.
Esos valores que destacan a los israelíes desde siempre, son la verdadera piedra en el zapato de sus vecinos, sociedades y pueblos tan mileanios como los judíos, pero que siguen viviendo en la miseria, la incultura y el medioevo, a pesar de las impresionantes riquezas naturales que poseen.
Los "pobres" árabes concentran la mayor cantidad de reservas petroleras del mundo, pero sólo las disfrutan unas pocas familias de Jeques. No saben ni entienden lo que es la democracia, la tolerancia, el racionalismo. Hacen un culto de la muerte con el absurdo premio de conseguir "100 vírgenes", una muestra de primitivismo, falta de respeto a la mujer y obscenidad orgiástica. Estan dispuestos a morir - y a matar a otros - para lograr este repulsivo "premio".
Los sistemas políticos que estimulan al individuo a pensar por sus propios medios, que no le "lavan la cabeza" con consignas, ilusiones y odios ancestrales, son los gobiernos liberales. Y por tal motivo esos gobiernos son odiados, atacados y denostados tanto por los marxistas y progresistas del mundo, como por los dictadores de poca o mucha monta, por los fanáticos religiosos y por los totalitarios.
La mayoría de los árabes no saben vivir en libertad. La libertad no está en su esencia. Como no la estuvo durante centurias en Japón, en la China o en la propia Rusia. Y es notorio que Hamas no apunta a educar a su pueblo para la libertad. En cambio Israel - con sus aciertos y sus errores - ya ha dado pruebas que sí lo hace. Y eso, es más que suficiente para saber de que lado de la balanza hay que pararse.
Cuándo podremos decir que la izquierda regional se reconcilió plenamente con la democracia? Una respuesta breve sería: cuando haya roto con Gramsci.
Antonio Gramsci fue el fundador del Partido Comunista italiano. Nació en 1891 y fue perseguido por el régimen fascista de Benito Mussolini. Estuvo preso entre 1926 y 1934. En ese período escribió sus célebres Cuadernos de la Cárcel, donde delineó un conjunto de ideas que tienen influencia hasta hoy.
Gramsci fue visto como un gran innovador, y efectivamente lo era. Contradijo la tesis leninista de que el camino para llegar al poder es la violencia revolucionaria. Reconoció el papel central que los marxistas siempre adjudicaron a la lucha sindical, pero agregó que no era el único medio.
Afirmó el papel esencial de la cultura y sostuvo que era allí donde había que dar la lucha contra el capitalismo: al Estado se lo conquista desde la sociedad civil, sirviéndose de la prensa, el sistema educativo, la industria cultural y, desde luego, la acción sindical y política.
Las ideas de Gramsci sonaban muy heterodoxas para el marxismo-leninismo. Por ejemplo, encerraban un duro cuestionamiento al determinismo económico. Pero en otros aspectos prolongaba las ideas tradicionales, aunque las formulara en un lenguaje nuevo. Y este es el Gramsci que más pesa hoy. Sus críticas a la ortodoxia han perdido importancia porque la propia ortodoxia se ha debilitado. Pero su reafirmación implícita de muchas ideas centrales de la tradición leninista sigue teniendo influencia sobre el modo en que piensa y actúa buena parte de la izquierda.
Una de las ideas tradicionales que Gramsci prolonga es la noción del Estado como fortaleza a ser conquistada. Las instituciones no son el espacio de encuentro de todos los ciudadanos ni el lugar donde arbitramos nuestros conflictos. El Estado es un aparato de poder que debe ser controlado para imponer una orientación política indiscutida.
Los medios son distintos a los de Lenin, pero la concepción del Estado no cambia. Hay una misma negación del pluralismo político y un mismo rechazo a la rotación de partidos en el ejercicio del gobierno. Cuando se logra controlar el Estado, no hay que soltarlo. El fin de un gobierno no es un fenómeno normal sino una señal de debilidad.
Otro punto en el que Gramsci coincide con Lenin es la negación de toda autonomía a la sociedad civil.
Las organizaciones sociales, el sistema educativo, los medios de comunicación y las instituciones culturales deben estar sometidos a la conducción política. Todo se reduce a una guerra de trincheras en la que se va ganando terreno y acumulando fuerzas para la conquista del Estado.
Por eso es importante ir ganando posiciones. Un dirigente sindical no es sólo un dirigente sindical sino un actor político que cumple una misión en un ámbito específico.
El sistema educativo no es el lugar donde se prepara a la gente para vivir su propia vida, sino una herramienta para inculcar modos de pensar y fabricar adhesiones políticas.
Un tercer punto en el que Gramsci sigue siendo típicamente leninista es el modo en que concibe el trabajo de los intelectuales. Sus ideas al respecto se resumen en una expresión que se hizo famosa en los años sesenta: "intelectual orgánico".
El "intelectual orgánico" es una variante de lo que suele llamarse un "intelectual comprometido". Lejos de encerrarse en su torre de marfil, se involucra en los conflictos sociales y se pronuncia permanentemente sobre lo que ocurre.
Pero hay algo más: el "intelectual orgánico" no aspira a servir a la sociedad en su conjunto ni pretende tener independencia de juicio. Se reconoce afiliado a un bando y cumple con la tarea de suministrar munición argumental a su dirigencia política.
Para decirlo en breve, el "intelectual orgánico" es un intelectual que se suicida: mediante un acto dogmático reconoce a sus jefes políticos una lucidez superior a la suya y se somete a su juicio. Lo verdadero es lo que la dirigencia considere verdadero y lo justo es lo que la dirigencia considere justo. Por eso deja de actuar como intelectual y pasa a desempeñarse como funcionario.
La izquierda regional viene recorriendo un largo camino. Primero revalorizó las garantías formales de la "democracia burguesa", tras haber experimentado de la peor manera qué es lo que pasa cuando se eliminan.
Luego (al menos en países como Brasil, Chile y Uruguay) adquirió cultura de gobierno, es decir, descubrió el mundo de complejidades y matices que es posible ignorar mientras se es oposición.
Pero todavía le queda romper con Antonio Gramsci. Sería bueno para todos que eso ocurra.
La culpa la tuvo Nacional, Danubio, el campo de juego no apto, la Policía, los barrabravas, los dirigentes del fútbol, la ministra, Unión Atlética, Atenas, las canchas de futsal en Canelones... Y así sucesivamente con tal de eludir el toro que no queremos agarrar por las guampas.
La tuvieron los rapiñeros, los almaceneros, Cambadu, las ancianas arrebatadas, la pasta base, las cárceles, los presos, la cumbia villera, la marginación, la extrema pobreza, el Mides, la Colonia Berro, los funcionarios del INAU, el Padre Mateo, la violencia por televisión, la sociedad de consumo, el fracaso de la enseñanza, los divorcios, las madres adolescentes... Y así sucesivamente.
La dictadura, los blancos, los colorados, las patronales, los sindicatos, el Frente Amplio, las guerrillas de antaño. La política económica de Astori y el lenguaje de Mujica... Y así sucesivamente.
Las profundas causas sociales pero también el deterioro de las costumbres, los travestis, Tinelli...
Ahora, también: las armas de fuego en poder de la gente.
No importa si es una sensación o si es inseguridad directa lisa y llana: es un gravísimo problema. En medio de tal panorama, la querida ministra del Interior le pide a la población que se desarme.
Obviamente, los delincuentes no lo harán; las cobardes patotas tampoco; los cobardes sueltos tampoco.
La propuesta sería buena si viniera acompañada de una excelente Policía del tipo escandinavo o, por lo menos, holandés: muy buenos sueldos (digamos, de nivel bancario); inmejorable armamento, vehículos, comunicaciones, ropa, tecnología... Y, además, mucho más numerosa.
En Uruguay ello es imposible por dos o tres "cosas": ninguna corporación ni persona estaría dispuesta a pagar los impuestos necesarios para levantar esa factura. Somos partidarios, en masa, de tener la chancha y los cuatro reales. Porque cuando uno averigua el sueldo de un policía hoy: cómo vive, cuánto tiempo trabaja, con qué herramientas y, encima, a ese muy concreto Policía le exige que sea sueco, holandés o, cuanto menos de Scotland Yard, una de dos: o ese "uno" está loco, o tiene cierta parte rellena gravemente con papelitos.
Otra cosa: si aún aquella Policía "de primera" llega a reprimir como es debido, levantará de inmediato un inmenso coro de las más variopintas fuentes. Porque en Uruguay todos queremos ser simpáticos y por sobre todo "quedar bien" (a costilla de los demás). Nadie quiere soportar "costos políticos". Esta rara enfermedad nos viene del Estado deformado (y desde cuando lo deformaron): nadie, menos un mando "medio", y mucho menos uno de más arriba, quiere "lío". Deseamos pasarla lo mejor posible.
Mansos; absolutamente quietos. Dormir la siesta hasta el nuevo ascenso y, por fin, la jubilación. Y si a algún desubicado se le ocurre la horrible idea de mover algo, la respuesta será el coro al que cada quien se sumará para mantener la santa paz de la máxima parálisis. Es un reflejo condicionado que, desde nuestro gigantesco Estado, cundió por la sociedad. Estamos mentalmente colonizados por la burocracia.
Por fin, la izquierda uruguaya sufrió y sufre graves confusiones al respecto: desde la oposición criticamos siempre, implacablemente, toda represión: nuestro gobierno, en general todos los gobiernos de izquierda y hasta incluso las revoluciones iban a ser un cántico (de ser posible villancico) alusivo a la bondad y la inocencia.
Sin embargo, con extrañísima esquizofrenia aplaudíamos toda represión, hasta las más infames, proveniente de gobiernos autodeclarados de izquierda. Y a los delincuentes, pobres víctimas del viejo sistema, les íbamos a restañar las heridas y enseñar a ser buenos con dulces palabras y verdades incontrovertibles que iban a entender rápidamente "convirtiéndose". Hubo, en todo eso una inocultable influencia evangélica. Somos mucho más católicos de lo que creemos.
Y cuando apoyamos revoluciones como por ejemplo la Española, salvo casos muy aislados (que se fueron a pelear en ella), juntábamos ropa, medicamentos, juguetes, cuadernos... Como enfermeras. La Revolución era en nuestro imaginario fantástico, un Hospital de caridad. Mejor: un gran Sanatorio solidario.
Con las demás hicimos algo muy parecido. Y así sucesivamente.
Somos batllistas: vivíamos alejados del humo, los alaridos escalofriantes, la sangre, y la pólvora. Pero además creíamos a pie juntillas que jamás nos iban a "tocar".
Por todo lo tanto, y pasando raya, parecería muy recomendable desobedecer a la querida compañera ministra: no hay más remedio por ahora que armarse. Porque cuando el Estado falla; cuando falta; cuando resigna porque no tiene más remedio; o cuando es superado, la ciudadanía tiene pleno derecho a defenderse. Artigas proclamaba en sus Instrucciones del año XIII el derecho inalienable de cada Provincia a "levantar sus propios Regimientos". Los blancos, después, plantearon lo mismo. Y prohibírselo costó mucho derramamiento de sangre. Y cuando ciertos tipos de delincuencia contemporánea han levantado sus propios "Regimientos" (acá y en el mundo), la ciudadanía tiene derecho a defenderse. En realidad casi siempre fueron los colorados los partidarios de que la gente no tuviera armas...
Su tenencia fue para los fundadores de la democracia (que inspiraron la nuestra), un atributo de la libertad. Lo sigue siendo hoy.
No podemos cerrar los ojos para no ver: estamos ante cambios sociales nunca vistos hasta ahora y no podemos permitir que nos transformen como intentan con México en estos días, o en Colombia, o como ya han logrado en el Congo, en Haití y en tantos lugares, en otro "Estado Fallido" donde por no haber "atajado" a tiempo, hoy mandan las Hordas, los Imperios, y no hay Estado.
Nos están ocupando, ante nuestros ojos y ante nuestra inoperancia, los espacios públicos. Nos matan con pasta base. Nos rompen las escuelas y las policlínicas barriales. El colmo es que ni los presos pueden hoy vivir en paz porque nos han copado hasta las mismísimas cárceles
Por fin la izquierda acepta que los delincuentes no son "víctimas" de la sociedad, sino que son víctimas de sí mismos. Tienen libre albedrío, tienen la capacidad de elegir y por lo tanto deben asumir la responsabilidad de sus decisiones. Optaron por delinquir, y este "combo" trae consigo la represión a tal delito. Hasta ahora, la teoría frentista es otra bien diferente.
No comparto la idea de que hay que armarse en cada hogar para enfrentar a las hordas de delincuentes ya que el Estado falló. Lo que hay que hacer es que el Estado funcione y para ello debe FOCALIZARSE en pocas tareas cruciales. La proteccion de la propiedad privada y la seguirdad individual son dos de ellas. Pero difícilmente lo pueda hacer si destina dinero para evitar que se funda la privilegiada Caja Bancaria, o mantiene miles de zánganos en las Intendencias o desplifarra millones en el estúpido negocio de hacer volar a Pluna.
Si todo ese dinero, derrochado por sus propios compañeros Frenteamplistas, se hubiera volcado a la policía, hoy Fernández Huidobro tendría una Policía - no sé si como Scotland Yard - , pero sindudas mucho mejor que la que tenemos ahora.